¿Y si la "flojera" de un adolescente y su dependencia emocional tuvieran exactamente la misma raíz?
Lo que parece falta de motivación o dependencia emocional puede esconder un profundo miedo al fracaso. Comprender la raíz del problema es el primer paso para ayudar.
ARTICULOS
Roberto Valdivia Rey
6/1/20262 min read


¿Y si la "flojera" de un adolescente y su dependencia emocional tuvieran exactamente la misma raíz?
Solemos etiquetar la procrastinación en los jóvenes como "falta de voluntad" y sus crisis afectivas como un simple "drama de la edad". Nos equivocamos.
Cuando rascas un poco en la superficie de la consulta, te das cuenta de que el fondo es el mismo que el de un adulto: un miedo pavoroso a la propia incapacidad.
Hace poco trabajaba en sesión con un adolescente atrapado en una relación de esas intermitentes, desgastantes y con dinámicas de manipulación muy marcadas. Al intentar aislar el peor escenario y preguntarle qué pasaría si cortaba ese círculo de raíz, su respuesta fue directa: "Si me quedo solo, no voy a saber qué hacer. Siento que no soy capaz de hacer nada bien por mi cuenta".
Lo interesante —y lo que vemos constantemente en el modelo cognitivo (TREC)— es cómo esa misma creencia se traslada en cadena a otras áreas de su vida. Este mismo chico estaba completamente paralizado con sus deberes académicos. Postergaba todo, no entregaba los trabajos. Cualquiera desde fuera habría dicho que era flojera.
No era flojera. Era pánico. Su cabeza funcionaba bajo una regla invisible pero feroz: "Tengo que hacerlo todo perfecto a la primera, porque si fallo, confirmo que soy un inútil".
Es el mismo autosabotaje en dos versiones distintas:
Me quedo en un lugar donde me hacen daño porque creo que no soy capaz de sostener mi vida a solas.
No empiezo lo que me toca hacer porque creo que si fracaso, mi valor como persona cae a cero.
A los adolescentes no les falta motivación; muchas veces lo que tienen es una autoexigencia tan rígida que los termina congelando. Han aprendido a medir su valor en función de variables externas: si el otro les contesta el mensaje, si el entorno los valida o si la nota del examen es perfecta.
Nuestro trabajo en el espacio clínico (y esto aplica también para educadores y padres) no es darles el consejo masticado de "deja a tu pareja" o "ponte a estudiar". Eso no genera autonomía. El verdadero cambio ocurre cuando los enseñamos a cuestionar sus propias leyes internas. A entender que quedarse solo es incómodo pero muy soportable, que fallar en un proyecto es solo parte del aprendizaje y que su valor como seres humanos es incondicional. No depende de un tercero ni de un resultado.
Al final, cuando un joven logra separar su identidad de su desempeño, la ansiedad baja. Y, casi por consecuencia lógica, empieza a actuar.
Si notas que tu hijo posterga constantemente sus responsabilidades, depende excesivamente de la aprobación de los demás o parece paralizado ante la posibilidad de equivocarse, es posible que detrás no haya falta de voluntad, sino miedo, inseguridad y una autoestima condicionada al éxito. La psicoterapia puede ayudarle a desarrollar confianza en sí mismo, tolerar mejor los errores y construir una autonomía emocional más saludable. Contáctame para conocer cómo puedo acompañarlo en este proceso.


